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NUESTRA DEUDA CON EL BICENTENARIO artículo • Ángel Cabeza


Ángel Cabeza[1]

Las efemérides son momentos de gran importancia para la vida de las personas, de las comunidades y de las naciones. Recordar un hecho especial nos permite volver simbólicamente al pasado y analizarlo en sus múltiples dimensiones y consecuencias a través del tiempo. El 18 de Septiembre del 2010 se conmemoran 200 años de la Primera Junta Nacional de Gobierno de Chile, momento en el cual se representaron una serie de acontecimientos y circunstancias que, en los años siguientes, llevaron en Chile a la formación de un Estado políticamente independiente en el concierto de las antiguas colonias del Imperio Español de América.

México, Colombia, Argentina y Chile han centrado y conmemorado sus fiestas patrias teniendo como momento de origen de sus respectivos procesos de independencia algún acontecimiento político ocurrido en 1810. Por ello celebraron en 1910 el primer centenario y se preparan también ahora para los 200 años. Cada Estado ha creado su propia Comisión Bicentenario con los matices particulares de los momentos que están viviendo, del tipo de gobierno que tienen y de las circunstancias sociales, políticas y económicas por las cuales están pasando.

Tal efeméride provoca a la reflexión, no sólo de lo ocurrido en 1810 y los años posteriores, sino de todo el período hasta ahora y, de cómo proyectamos nuestro futuro. Sin embargo, cada Estado y las personas a cargo de cada una de las comisiones que están trabajando en el tema, le han dado un sello diferente, un énfasis especial.

De los Estados antes mencionados Chile ha sido hasta ahora el que más se organizado y logrado mantener una política con propósitos, programas, proyectos y actividades permanentes. También es importante resaltar que la ciudadanía, a través de sus distintas organizaciones, como también las empresas, ha ido construyendo su propio itinerario hacia el Bicentenario, aunque ha primado la iniciativa gubernamental.

El ideario del Bicentenario en Chile se comenzó a construir a finales del Gobierno del Presidente Eduardo Frei entre diversos actores políticos, pero logró plena institucionalización en el Gobierno del Presidente Ricardo Lagos, con una comisión que preside el Ministro del Interior y que integran diferentes autoridades y representantes de un amplio espectro de la sociedad chilena en sus diversas instancias, la cual ha continuado con cambios en sus principales actores durante el Gobierno de la Presidenta Bachelet, pero con menos fuerza que con el anterior gobierno.

No obstante la existencia de eventos, publicaciones y acciones en torno a la reflexión del hecho mismo de la independencia y del período actual que Chile vive, lo que más se ha destacado o tiene una visibilidad mayor en cuanto a medios y recursos es una mirada hacia el futuro, que se expresa en proyectos de obras de infraestructura que van desde renovaciones urbanas, caminos, puentes, aeropuertos, conectividad digital, etc., proyectos todos que alimentan el imaginario de que somos un país moderno que se conecta con el mundo y el futuro y que está superando la pobreza y sus debilidades estructurales históricas.

Todo lo anterior es coherente y lógico con el modelo económico, político y social que la mayoría de los chilenos han construido y validado consciente o inconscientemente en las dos últimas décadas. Sin embargo, todavía no existe una visión más profunda y crítica de los actores sociales, salvo situaciones particulares y menos un movimiento social articulado, que promueva una reflexión más inquisidora y permita aprovechar en su sentido más amplio el Bicentenario. Se debe plantear que esta tarea es responsabilidad de todos, pero primordialmente lo es de quienes impulsan desde el ejecutivo el Bicentenario, de las universidades, de los partidos políticos, de las organizaciones sociales de todo tipo, etc.

Desde mi perspectiva creo que debemos valorar los esfuerzos y actividades realizadas, pero debemos exigir más y dar cada uno de nosotros lo mejor para que el Bicentenario cumpla su objetivo como efeméride nacional y como fiesta ciudadana que pueda ser recordada y signifique algo para los chilenos de hoy y mañana.

El primer centenario de Chile fue concebido con mucha anticipación desde el Gobierno del Presidente Balmaceda. Sin embargo la Guerra Civil de 1891 y sus secuelas alteraron el curso de los acontecimientos instaurándose en Chile una república de corte parlamentario, siendo los principales hacendados, los dueños de la minería y de la banca quienes administraron sin contrapeso los destinos del país hasta la década de los años 20, en que Chile vuelve a un sistema presidencialista y con una participación más amplia de la sociedad, especialmente de los sectores medios urbanos.

Por lo tanto, el sello de la conmemoración del primer centenario fue esencialmente elitista y marcado por la construcción de obras como la Biblioteca Nacional y el Museo de Bellas Artes, que enaltecieran la visión de un Chile moderno a la altura de las principales naciones consideradas como ejemplo a imitar por la clase gobernante. Chile y Argentina coordinaron las visitas oficiales de sus presidentes a las fiestas de cada país en mayo y septiembre respectivamente y fue una celebración que acercó a la clase alta y dirigente de ambos países, pero con escasa participación popular, salvo en las calles para ver pasar a las delegaciones oficiales. No obstante Chile dio una imagen de lo quería representar y ser. Años después fracasó el parlamentarismo y se dio paso a la participación de un sector más amplio de la sociedad chilena en la vida política del país.

El segundo centenario de Chile debe ser radicalmente distinto y todavía estamos a tiempo para impulsar una celebración y una reflexión más profunda de lo hecho hasta ahora. El Bicentenario de Chile no puede ser solo un conjunto de obras públicas y privadas que el país debe hacer de todas maneras y que con el paso del tiempo serán olvidadas. Tal efeméride debe provocar a todos una profunda reflexión sobre nuestra realidad como nación independiente y nuestros desafíos, como también dejar huella en la memoria nacional de nuestros sueños y utopías en un contexto de fiesta que sea celebrada por todos.

Para lo anterior creo que a lo menos existen cuatro claves que deben considerarse para que el Bicentenario cumpla su función como hito conmemorativo y simbólico del proceso histórico de formación de Chile desde la llegada de los primeros habitantes hace más de 10.000 años hasta la actualidad. Estas claves son las siguientes: (1) El significado de la gesta de la independencia, (2) El reconocimiento de la diversidad cultural de Chile, (3) La fiesta ciudadana y los hitos conmemorativos como mensaje a los chilenos del futuro y (4) Una propuesta de integración con América y los países vecinos que reencarne el ideario de la Independencia. Veamos cada una de estas claves.

La Gesta de la Independencia.

Rescatar el sentido del proceso revolucionario inicial de Chile con todas sus contradicciones y resultados en la formación del Estado y de la nacionalidad chilena es un imperativo. La Independencia de España fue un hecho político de tremendas consecuencias para todas las colonias americanas que fue ocasionado por varios factores no suficientemente conocidos y a veces distorsionados por la historiografía tradicional. Más que una guerra contra España fue una revolución en la que se enfrentaron realistas y patriotas y las ideas del absolutismo monárquico y los principios libertarios y democráticos inspirados por la Ilustración y la Revolución Francesa y el ejemplo previo, dado por la colonias inglesas de Norteamérica, que lograron construir un estado federado independiente.

Los líderes primigenios del movimiento independentista inicial compartieron un ideario de libertad y unión de las colonias. Soñaron, lucharon y murieron por ello. Los ideólogos de la emancipación fueron revolucionarios y sus planteamientos significaron un quiebre total con el orden político vigente. En Chile Fray Camilo Henríquez, inspirado por Rousseau y la ilustración francesa comienza a hablar y escribir sobre “la majestad del pueblo chileno” y también Antonio José Irisarri sentenció que “el único rey que tenemos es el pueblo soberano”. La invasión napoleónica de España precipitó los acontecimientos y las colonias, imitando acciones similares de diversas ciudades españolas, crearon juntas de gobierno y líderes como José Miguel Carrera en Chile las extremaron creando gobiernos independientes. Tales ideas eran de una subversión total del orden establecido y fueron resistidas por muchos hasta que la intransigencia y el absolutismo de Fernando VII, ya reinstalado en la corona de España, hicieron inevitable la independencia y el triunfo de los patriotas.

Bolivar, San Martín y O´Higgins, junto a otros líderes fueron partícipes de esta epopeya y compartieron los ideales de la unión e integración de las nacientes repúblicas teniendo como sólida imagen el ejemplo exitoso de los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo fue más fuerte la reacción de las oligarquías y los intereses locales por el control del gobierno y la economía, lo que llevó a la anarquía y a la derrota del ideario de una confederación de estados americanos, siendo el último esfuerzo el Congreso de Panamá de 1826 inspirado por Bolívar. La Revolución de la Independencia terminó así por consumir a los mismos libertadores quienes debieron exiliarse y su sueño de integración diluirse en el tiempo sin que se olvidara. Bolívar desilusionado exclamó “…la Independencia es el único bien que hemos conseguido a costa de todo lo demás.”

Pero los estados nacientes no tenían una identidad nacional y esa fue la gran tarea a la que se abocaron cada uno de ellos durante el siglo XIX, tratando de unificar sus territorios y dotándolos de una idea de nación que contradecía la diversidad cultural existente y que por muchos años se construyó negando la herencia indígena, la herencia africana y la herencia española del cual todos eran herederos.

El significado de la independencia es una de las claves que deben analizarse y discutirse de la manera más amplia y es la mejor forma de rendir tributo a quienes se levantaron en nombre de la libertad y la autodeterminación de las futuras naciones de América. Recordar su ideario puede dar nuevas luces que guíen los destinos de los países que ayudaron a crear y resolver las contradicciones que todavía nos agobian.

Reconocer la Diversidad Cultural de Chile.

La formación del Estado-Nación donde se anulaban las diferencias de origen con una sola religión y lengua estuvo en la utopía de las nacientes repúblicas y Chile no fue la excepción. En los albores de la Independencia varios países se dieron símbolos que los unificaran como banderas y escudos nacionales. En varios de ellos la imagen de los indígenas y su lucha por la libertad estuvo presente frente a un pasado español y colonial que quería ser negado y que representaba la opresión y el atraso. Sin embargo, ya lograda la emancipación, el indígena volvió a ser el problema permanente para la sociedad criolla y un conflicto latente para la nueva imagen de civilización que se quería instaurar. Los pocos territorios indígenas que quedaban fueron ocupados y sus habitantes reducidos a reservaciones donde se les impuso una política forzada de integración y sumisión al nuevo concepto de nación que se creó desde el Estado.

Varios pueblos indígenas desaparecieron, exterminados por las enfermedades y el propio Estado, como ocurrió en Chile Austral. Por otro lado, la expansión de las fronteras hacia el norte incorporaron nuevas comunidades indígenas quechua y aymará que antes eran parte de los territorios de Bolivia y Perú. Durante el siglo XIX y XX nuevos inmigrantes llegaron al país y la diversidad cultural subsistió pero el Estado a través de la educación y medidas administrativas no cedió en querer formar una cultura nacional única negando el derecho de los pueblos ancestrales a mantener su cultura, su lengua y tradiciones.

La negación de este pasado de múltiples orígenes, pero que en la práctica era evidente en la organización social y en la estructura de privilegios de la sociedad criolla, ha sido y es la gran contradicción de la existencia real de un Chile pluriétnico y cultural dentro de un mismo Estado, desde donde ciertos grupos luchan por imponer sus modos de vida y creencias a todos los habitantes del país que hoy llamamos Chile.

Comprender esta realidad es nuestro gran desafío. Tratar de resolverla con justicia y equidad, reconociendo que la diversidad cultural no es un obstáculo sino la fuente para profundos encuentros, es una obligación para todos. Validar las diferencias y convivir construyendo un futuro común, donde el respeto sea el fundamento de un nuevo trato es un imperativo que se debe encarar en el Bicentenario. El conflicto con los pueblos indígenas ya tiene casi cinco siglos y el Estado y la sociedad chilena deben encontrar una solución enmarcada en la justicia y los derechos universales que la Humanidad ha ido validando. Sin un profundo reencuentro y el reconocimiento de nuestra deuda con los pueblos indígenas no tendremos paz y el resentimiento seguirá creciendo.

De igual manera, debemos reconocer la diversidad cultural de todos nuestros pueblos y evitar que los efectos perversos de la globalización destruyan lo esencial de cada uno de ellos. Pero de igual forma no debemos considerar nuestra forma de ser como superior frente a otras. Nuestra obligación es dialogar con todas las culturas, permitir que fluyan las ideas y los contactos sin temor. La comprensión y el intercambio intercultural sincero siempre contribuyen al desarrollo y a la construcción de una convivencia pacífica duradera.

El Bicentenario debe servir para meditar sobre este aspecto fundamental de la sociabilidad chilena y lograr un nuevo pacto cultural, social, económico y político con los pueblos indígenas. En los últimos siglos los habitantes de Chile han formado una cultura y un pueblo mestizo, pero subsisten, llenas de vigor otras formaciones culturales, las cuales también han cambiado e incorporado la herencia europea sin perder su sentido propio y su lengua. Es tarea de todos ayudar a superar los errores del pasado y promover una reconciliación en un escenario promisorio para cada pueblo de nuestro territorio.

La Fiesta Ciudadana y los Hitos Conmemorativos.

La celebración del Bicentenario debe ser articulado por el Estado para que sea una auténtica fiesta ciudadana de todo el país. Tal coordinación debe también permitir e incentivar las iniciativas propias de cada comunidad y las actividades que se realicen deben tener un sentido simbólico que rescate la esencia de lo que estamos conmemorando, evitando que la efeméride se convierta en algo banal.

Debemos discutir los valores que queremos promover para recordar la gesta de la Independencia con mucha anticipación. La libertad y la autodeterminación son dos de los principales, pero también los que son vitales para nuestra convivencia nacional como la justicia, la democracia, el respeto a la diversidad, a las creencias religiosas, a los derechos humanos, el cuidado del medio ambiente. Por otro lado, la celebración debe permitir una respetuosa discusión sobre la desigualdad y cómo combatirla. Pero la celebración debe ser también un acto de reencuentro y de fiesta ciudadana en cada ciudad y pueblo de Chile para que sea recordado y no sólo la suma de una serie de actos oficiales. A diferencia de las festividades del centenario, nuestra celebración debe ser popular, de todos los habitantes, de toda la sociedad sin exclusiones. Cada comuna y localidad debe anticiparse para que todos puedan expresarse libremente. Que cada lugar de Chile pueda hacer su fiesta.

Pero también debemos pensar en hitos conmemorativos que reflejen nuestros sentimientos y nuestra vocación de un futuro común. En la historia de la humanidad los monumentos conmemorativos han simbolizado tales actos los cuales dejan testimonio de una generación y esta ocasión no debiera ser la excepción. Pensar una obra que sea espejo de lo que celebramos y de nuestra diversidad como nación, puede ser el símbolo del Bicentenario y representar un conjunto de valores que queremos difundir a toda la sociedad y las futuras generaciones. Tales monumentos deben ser un esfuerzo colectivo en su diseño, en su emplazamiento y en su construcción. Deben reflejar nuestro pasado con sus contradicciones y aciertos, nuestros anhelos y sueños, los cuales al ser visitados en cada rincón de Chile, permitan renovar nuestros lazos y la comunidad de nuestros intereses.

Pero también debemos ser capaces de construir un monumento de carácter nacional que ilustre y simbolice nuestra voluntad de futuro en un lugar especial de Chile, que refleje nuestra diversidad geográfica, histórica y cultural.

Tal obra movilizará a la ciudadanía y seguro será motivo de múltiples ideas de cómo llevarla a cabo. No estará exenta de polémicas, pero si cuidamos el proceso y todos participan en su generación, será un vehículo poderoso que aglutine nuestras voluntades y que sea recordado siempre.

La Integración Americana.

Retomar el ideario unitario americano de los libertadores debe ser otra de las claves del Bicentenario. Las colonias españolas americanas que lograron su independencia a comienzos del siglo XIX lo hicieron porque lucharon juntas y se apoyaron entre si. El concepto de nacionalidad que hoy día concebimos para cada una de las repúblicas americanas era muy incipiente y más bien atenuado por la pertenencia a determinadas ciudades y gobernaciones o virreinatos, ya que todos se consideraban parte del Imperio Español y súbditos del rey. Muchos de los principales próceres e incluso primeros mandatarios de cada país no habían nacido en las provincias o repúblicas que gobernaban. Varios oficiales patriotas incluso eran españoles de nacimiento u origen. También varios de los políticos y militares terminaron viviendo sus últimos días lejos de su patria, como también la tropa que se trasladó inmensas distancias para afianzar la independencia.

Sin embargo, esa visión y utopía de integración fracasó con los mismos libertadores por un conjunto de intereses internos y externos, aunque siempre estuvo latente el principio de la hermandad latinoamericana debido a los lazos de una historia común, a pesar de varias guerras entre países vecinos por el control de las fronteras y de los territorios todavía no ocupados.

Rescatar esa visión original y ponerla en valor de acuerdo a la realidad actual es un desafío pendiente, máxime con las consecuencias no deseadas de la globalización que arrasa identidades y sume a muchos pueblos como una masa de consumidores.

Plantear una vez más este desafío unitario, no como un mero romanticismo, sino como un programa de un destino común que incluso trascienda a los países latinoamericanos e incorpore en una esfera cultural integrada a todo el continente americano, sin perder la especificidad de cada pueblo, es posible. Los pueblos necesitan sueños y utopías. La Independencia lo fue en su momento y fue una realidad. Hoy, muchos de nuestros problemas tienen causas similares y la separación caprichosa de nuestras fronteras nos impide tener visiones diferentes para resolverlos de manera conjunta.

Una propuesta al respecto es aprovechar este Bicentenario para que los países que lo celebran, México, Colombia, Argentina y Chile, se reúnan y convoquen a los demás a celebrar esta efeméride y plantear un programa unitario junto a la OEA y a la Organización de Estados Iberoamericanos. Por cierto es una tarea difícil, pero generar una vez más esperanzas para construir en conjunto un nuevo destino en un marco de integración y respeto mutuo siempre es posible.

Los hombres y mujeres del maíz y del trigo.

El continente americano fue poblado hace miles de años por grupos humanos que se adaptaron a la profunda diversidad geográfica e inmensidad de estas tierras. Con el paso de los milenios formaron pueblos y civilizaciones propias que todavía nos sorprenden. Los hombres y mujeres del maíz lograron fundar ciudades y construir imperios, pero la llegada de los europeos y su conquista por los hombres del trigo y del hierro fue dramática para su existencia, ocasionando la conquista la muerte y el fin de muchas de sus culturas.

Durante la colonia se fue amalgamando un mestizaje racial y cultural, pero igual lograron subsistir los herederos de los pueblos originarios y aquellos que como esclavos llegaron de África, uniendo todos sus destinos. La independencia de las colonias del dominio europeo permitió acelerar el proceso de formación de nuevas naciones, las cuales siguen su proceso de creación de identidades integrando a su seno nuevos grupos de colonos de distintos horizontes.

Somos un continente de proezas, pero también de injusticias históricas todavía no resueltas. Hoy nuestra población americana es un arco iris de razas y culturas que nuestros países deben saber integrar respetando sus propias particularidades, creencias y costumbres. Es una diversidad potente que debemos aprovechar para nuestro desarrollo armónico. El Bicentenario nos proporciona una oportunidad de reflexionar sobre ello y de mirar el futuro con optimismo para crear sociedades y comunidades de naciones donde la justicia, la equidad y el progreso sea una realidad para todos.



[1] Arqueólogo, Director del Instituto de Estudios del Patrimonio (IDEPA) de la Universidad Arturo Prat

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